¿Habrá alguien que me quiera?


Este artículo será egoísta. Como siempre, trataré de dejar un mensaje positivo, pero hoy, ese no será mi propósito principal. Hoy, este artículo está dedicado especialmente al amor que siento por mi familia, y sobre todo, por Fer, mi hermano, quien el día de ayer quedó unido en matrimonio legal y civil. Y, el día de mañana, dirá que sí, al amor de su vida, ante los ojos de Dios.


A los que me conocen en persona o a través de mis escritos, saben lo importante que es mi familia para mi. Hemos sido el quinteto perfecto. En nuestras vidas ha acontecido de todo. Hemos tenido risas, llantos, enojos, gritos, pero sobre todo, siempre ha abundado el amor y el perdón. Los Vaquero Blanco siempre nos hemos complementado muy bien. Hemos recorrido el mundo juntos siendo cinco personalidades total y absolutamente distintas. Como les digo, no siempre todo ha sido paz y armonía, pero la realidad es que he sido mucho más de lo que cualquier ser humano puede pedir. Siempre hemos sido uno para todos y todos para uno.

Fer y yo hemos pasado una vida juntos. Cuando él nació, yo tenía cinco añitos (siempre he tenido ínfulas de artista y un poco dramática). El mundo de mis papás, mis titos, mi tía Lori y mi Yaya (quien nos ha criado) solo giraba alrededor mío. Jamás había tenido que compartir ni amor, ni atención. Fue tanta mi angustia y mi terror por perder el amor de los míos que llegué a sentarme dramáticamente como toda una Scarlett O’hara, en las gradas del hospital, preguntándome si habría alguien en este mundo que me quisiera.

A través de los años, ha habido varías teorías conspirativas, alegando que el día que Fer llegó a la casa del hospital, yo lo boté del moíses. Veintisiete años han pasado y no se me ha logrado comprobar nada.


La vida con Fer nunca fue monótona. Desde sus primeras palabras, siempre fue muy claro en lo que necesitaba. Su inolvidable “Ten” (como buen hombre de números) era la respuesta a todo. Sus insuperables tennis “Lu” (tennis que tiraban luces mientras caminaba) eran parte de su vestimenta diaria y definían su estilo. Su gran amor, “gol” que era pelota y fútbol, que hoy por hoy sigue siendo una de sus grandes pasiones. Él y yo hemos evolucionado mucho. Cambiamos las mordidas, los macanazos en el carro con Don Carlitos (nuestro motorista de toda la vida); los partidos de fútbol en las canchitas con la Tita, por momentos mucho más “adultos”. Me ayudaba a capearme de la escuela a cambio de un combo de Burguer King. En lugar de pleitos, yo era su mediadora oficial en la escuela para ayudarlo a pasar las clases. En lugar de agarrarnos a mordidas, recorrimos el mundo comiendo de todo y haciendo maromas con nuestras finanzas. Y así, lo que eran unas agarradas de perros y gatos con amor, se convirtieron en una relación de hermanos, amigos y compiches: sólida e inquebrantable.

Pensarían que a través de los años nuestra relación cambiaría o que las distancias por estudiar en lugares diferentes nos alejarían, pero Fer y yo jamás hemos estado lejos. Hemos sido confidentes mutuos. Él, desde mi primer sueldo, manejó las finanzas, destinando mi sueldo de pinche escribiente para sus almuerzos diarios mientras él se encontraba en vacaciones de verano.


He celebrado cada uno de sus logros como si fueran míos. Me he llenado de orgullo de verlo culminar cada una de sus etapas con éxito. Cada vez que lo he visto alcanzar un peldaño más, me he dado cuenta de la oportunidad increíble que Dios me ha dado de crecer y formarme con un ser humano tan perseverante, luchador, fuerte y consciente como lo es mi Fer.


Fer, has sido la persona que me enseñó a amar y enseñarme que soy capaz de todo por verte totalmente feliz. Siempre te voy a cuidar, respetar y ayudar en todo lo que pueda. Después de todo, VOS fuiste la respuesta a la pregunta que hace veintisiete años me hice en las gradas de la Clínica Bendaña: “¿Habrá alguien quien me quiera?”

Te amo Fer y te deseo toda la felicidad del mundo. Seguí siendo ese hombre ejemplar que sos, lleno de bondad y amor. Dando respuesta de cariño a todos los que las necesitamos.


Aunque este fue un Viernes de Nicole diferente, le quiero dejar esto: El amor de familia es algo que no se puede cambiar por nada mundo. Este amor nos llena de maneras que transformarán nuestras vidas y nuestra manera de ver el mundo. Si tienen la bendición de tener una familia unida, loca y llena de amor, nunca dejen de agradecer a Dios por ella y disfrútenla cada segundo. Podemos tomar direcciones distintas, pero nuestro corazones siempre latirán como uno.


¡Feliz Viernes! 😊



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