Cuando se cierra la casa de los abuelos


Hace unos meses me contaron de un artículo que hablaba de lo que pasaba cuando la casa de los abuelos se cerraba. Obviamente, llevé mi mente a la terrible situación del Covid-19, en donde por amor nos teníamos que alejar de nuestros abuelos y de las experiencias que perdimos en un año. La casa de mis abuelos se cerró hace mucho para mi. Creo que he plagado mis escritos de amor hacia ellos, mis “Titos”. De todas las influencias en mi vida puedo decir que de las más marcadas es la de mis abuelos. Al entrar a esa casa y a ese jardín todo se volvía mágico. Hace ya algunos años, esa puerta a la fantasía, donde todo era posible, se cerró para siempre. No hay día de Dios que en familia no hablemos de mis abuelos o que tengamos ese sentimiento que pasaremos a saludar, solo porque si, en cualquier vuelta que damos. Aunque los mantengamos vivos en nuestros corazones, ese sentimiento de añorar pasar a verlos, sin importar los años, no se va.


En ese sentimiento de nostalgia, y más que últimamente han habido eventos tan importantes en nuestras vidas, es inevitable no extrañarlos aun más. Cuando Fer y Arabella se casaron, yo me imaginaba a mis Titos ahí, todos guapos, orgullosos y extremadamente felices. Sin embargo, no estaban. Pero miren cómo es Dios y la vida de bella. Me ha dado la oportunidad de sentir eso nuevamente en dos hogares distintos. Ese sentimiento de pertenencia y de donde todo es posible, como en la casa de mis Titos.


Resulta que los abuelos de mi mejor amiga, Sofie, son los abuelos de Arabella, mi cuñada. Y esos dos señores, el Belo y la Bela, como cariñosamente les dicen, desde el día que llegué a su casa como amiga de Sofie, me abrieron las puertas de su casa y, por ende, de su corazón. Llegar y ver una mesa llena de personas, donde sos bienvenido y honestamente, pareciera como si te estuvieran esperando, porque no hay que echarle más agua a la sopa para que ajuste o porque pareciera simplemente que todos te conocen de una vida entera, no tiene precio. Al escucharlos hablar, escuchar sus anécdotas, ver el consentimiento de ellos para todos los que estamos ahí, lo detallistas que son, es inevitable pensar en mis Titos. Es impresionante sentir que por un momento la vida me los devolvió. Sé que mi hermano Fer, siente lo mismo al ser parte de esa familia ahora y que de cierta manera recuperó algo tan preciado, que había perdido.


Y todo esto no queda aquí. Hace unos días tuve la oportunidad de estar en una situación similar. Viendo a unos abuelos llenos de amor y energía. Los niños están pequeños aún, pero si ellos decían que tendríamos picnic, era el picnic el más increíble; si resultaba que tendríamos la derivación de los Mini Juegos Olímpicos, todos participarían y gozarían. Los abuelos eran los primeros apuntados y los que hacían todo con la mayor de las emociones. Todo lo que se hizo en esa casa fue mágico. Me pareció tan particular ese componente del amor, en el que todo es posible, que realmente solo puede provenir de la casa de los abuelos. También en ese momento, sentí que la vida me devolvía esos días en los que mi Tita jugaba con nosotros en el jardín en una piedra blanca enorme y era desde un medio de transporte mágico hasta un dinosaurio, lo que nosotros quisiéramos; ella siempre lo hizo posible. Así, justo así sentí cuando se abrió la puerta de esa casa para mi.

Cuando se cierra la casa de los abuelos, puedo decir por experiencia propia que se pierden los lenguajes secretos entre abuelos y nietos. Es decir adiós a llorar de la risa con las ocurrencias que ahí se conversan. Es borrar las transacciones secretas que se hacen cuando te daban algo que tus papás no sabían, llámese chocolates o dinero. Cuando se cierra esa casa, se cierra inevitablemente una parte parte del corazón. Pero a veces la vida es maravillosa y te repite ese sentimiento tan bello. Porque lo que se vive en la casa de los abuelos no se olvida JAMÁS.


Si tienen la oportunidad, algún día de llamar a la puerta de esa casa y que alguien se las abra: NO LA DESAPROVECHEN NUNCA. Porque al entrar ahí será ver y recordar a sus abuelos esperándolos para consentirlos, abrazarlos, darles un beso y revivir todos esos momentos mágicos que perdimos cuando la casa de nuestros abuelos se cerró. Volverán a sentir la sensación más maravillosa que puede existir en el mundo. En nosotros se volverá a encender la chispa que se había apagado por la inevitable pérdida.


La vida me ha dado dos nuevas oportunidades de tocar a estas puertas y encontrar esas sonrisas, esas tertulias y ese amor incomparable que solo te pueden dar tus abuelos. Yo sé que mis Titos saben cuánto los extraño y están felices que encontré dos hogares llenos de amor que me han dado de nuevo el sentimiento de abrir la puerta a la casa de los abuelos.


¡Feliz Viernes! 😊


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