37 años, Muchas Vidas
- Nicole Vaquero

- 26 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Hoy es el último viernes del año y, aunque no escribí desde principios de este, he vuelto a sentir el gusto —y también el compromiso— de escribir.
Hace mucho tiempo que no cerraba un año desde este espacio ni le daba la bienvenida a un nuevo año de vida entre líneas. De hecho, al revisar los Viernes de Nicole que he escrito a lo largo de los años, me di cuenta de que el último que publiqué fue en 2023: cumplía 35 años y recién me había convertido en mamá.
La vida ha cambiado mucho desde aquella Nicole que escribía con tiempo por las noches y solo afinaba detalles durante el viernes.
Estoy a las puertas de cumplir 37 años. Y cuando dicen que la vida es un soplo, no es mentira: se va de pasón. Si parpadeamos, nos la perdemos. Al releer escritos de años pasados, me he dado cuenta de cuánto he cambiado.
Antes, cualquier discusión en el MP me robaba la paz; una desilusión amorosa me descolocaba; peleaba con mi mamá porque sentía que mi vida no avanzaba. También celebramos innumerables logros y lloramos muchas penas. Al leer esos textos hoy, me reí muchísimo: siempre escribía con seguridad, sintiéndome plena y aparentemente muy sabia. Creía que desde este espacio podía desafiar y cambiar el mundo, cuando en realidad no tenía nada resuelto.
La idea no era mala. Era una persona intentando dejar algo bueno desde sus experiencias personales para quien se encontrara con estas palabras. Que se sintieran identificados, aliviados y comprendidos.
Cada vez creo más que con los años no solo llegan las canas, sino también la sabiduría. Al leer aquellos escritos donde desnudaba mi corazón, entendí que muchas veces sufrí, me estresé, me enojé, peleé y lloré por cosas que hoy ya no tienen tanto sentido. Y al reflexionar sobre esos tormentos, me descubrí profundamente agradecida de haber cambiado.
Lo que he aprendido en estos 37 años —y especialmente en este último— es a tener más claridad.
Por eso quiero compartirte lo que considero fundamental para seguir adelante.
Creo que la vida es mejor cuando se vive aferrada a Dios. Para mí no hay forma de seguir, de sonreír cada día, sin saber que Dios está conmigo. Que es Él, y solo Él, quien me sostiene. No hay prueba que no pueda superar si camino completamente plegada a Dios.
Tenés que aprender a conocerte. Saber qué mueve tu corazón y qué inspira tu alma. Cuando te conocés, podés poner límites, y los límites marcan la pauta para una vida de respeto y equilibrio.
Escuchá a tu mamá, si tenés la bendición de tenerla. Spoiler de vida: las mamás siempre tienen la razón. Sí, te enojan; sí, a veces las querés guindar por imprudentes. Pero la verdad es que no sé cómo hacen… las mamás saben todo.
Hoy se habla muchísimo del amor propio. A veces pareciera que el disco se rayó de tanto escuchar que tenés que quererte como sos. Pero es verdad: tenés que amarte con locura. Nadie te va a amar si no te amás vos primero. El amor propio trae claridad. Te impulsa a buscar lo mejor para vos, a creer, a buscar y a encontrar lo que realmente necesitás. Amarte también implica cuidarte física, espiritual y mentalmente. El amor propio verdadero expulsa el miedo y te convierte en el más valiente de los héroes. Y la vida es de, y para, los valientes.
En esta vida tenés que ser quien sos. No podés ir creando versiones de vos para hacer felices a los demás. No perdas tu esencia por nadie, ni siquiera por quienes amás. Es cierto: la evolución trae madurez. Pero dejar de ser quien sos solo trae confusión y desencanto. No comprometas tus principios por encajar. No todo el mundo va a estar de acuerdo con tu forma de pensar, hablar o actuar, y eso está bien. Pero no cambies para acomodar a otros.
(Esta, particularmente, ha sido difícil.)
Creé en tus proyectos, en tus sueños y en tus convicciones. Muchos te van a decir que estás loco. Manifestá la vida que querés, todo lo que soñás y esperás. Solo los locos cambian el mundo. Deseá con todo tu corazón. Atrevete a pedirle cosas grandes a Dios. Aunque nadie te crea —y duela que no lo hagan— no les pares bola. Seguí adelante. Soñá en grande y cree con todo tu corazón que lo vas a ver realizado. No solo vas a cerrar bocas; la satisfacción de ver cumplido aquello que un día soñaste es demasiado grande como para renunciar por otros… o por vos mismo.
Está bien alejarte de personas que pensaste que serían eternas. Lo único constante en los seres humanos es que cambiamos. Está bien liberarte de quienes no te aportan o a quienes ya no aportás (créeme, pasa). La vida es como un tren con miles de estaciones: algunos se suben, otros se bajan, pero todos llegan a su destino.
La vida comienza muchas veces. A veces pensás que todo se terminó: que un plan fallido, un sueño roto o una traición van a derrumbarlo todo. Pero no. La vida sigue. Y todos los días Dios te regala una nueva oportunidad para empezar de nuevo. Las veces que sean necesarias.
Si el pasado toca a tu puerta, seguí adelante. De verdad: no tiene nada nuevo ni bueno que contarte. La vida sigue… y sigue mejor de lo que esperabas.
Los amigos de verdad sí existen. La vida te regala personas maravillosas, mágicas e increíbles. Amistades que son una caricia al alma. No las dejes ir. A quienes te aportan, te edifican, te hacen reír y te ayudan a crecer, valoralos. Permití que cultiven tu corazón. Esas personas salvan vidas.
Cuando te convertís en mamá, te das cuenta que no sabés nada de la vida. Todo cambia. La resiliencia se vuelve indispensable. Las estructuras se desmoronan y los esquemas se transforman por completo. Dejate envolver por ese hermoso caos. Tu capacidad de adaptarte hará todo más llevadero.
Y finalmente —para no aburrir— abrí la mente. Como dije antes, lo único que tenemos en común los seres humanos es nuestra capacidad de cambiar. Abrí la mente. Aceptá lo que llegue. Decite “sí”. Confiá en que todo va a salir bien. Probá, incluso si no funciona. Aprendé a recibir cada experiencia como una lección.
Como dijo Borges:
“He aprendido a construir todos mis caminos sobre el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes.”
Este último viernes de 2025 me encuentra profundamente agradecida. Por lo bueno y por lo no tan bueno. Por las alegrías, los miedos, los retos y las dudas que trajeron claridad. Pero más allá de estos 365 días, agradezco los últimos 37 años de vida que Dios y la vida me han regalado. Por lo que me dieron, por lo que me quitaron y por haberme perdido tantas veces que no tuve más remedio que volver a encontrarme.
Hoy puedo decir, con sinceridad, madurez y serenidad, que soy —hasta ahora— mi mejor versión: con amor, gratitud y esperanza. No soy perfecta, ni tengo todo resuelto, pero aprendí a liberarme de expectativas ajenas y a ser quien quiero y puedo ser.
Y como diría Juan Luis Guerra:
“Si Dios me da la vida, yo la vivo.”
¡Feliz último Viernes del 2025! 🤍




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