La Belle Epoque
- Nicole Vaquero

- 9 ene
- 2 Min. de lectura
Esta semana marcó el regreso a la vida rutinaria para muchos. Yo, la verdad, soy de las personas a las que volver a la programación habitual les resulta sencillo; me gusta el orden, la estructura, la sensación de volver a lo conocido. Sin embargo, este regreso se vio interrumpido cuando Julián y Dibu se enfermaron. Fueron varias noches sin dormir y otras tantas de sueño intermitente.
A media semana, cuando ambos finalmente se estabilizaron, hice mi rutina de siempre: la noche en calma, mis oraciones, acostarme, leer… y decidí terminar de ver Emily in Paris.
Comencé con un episodio —como de costumbre— pensando que me quedaría dormida a la mitad. Pero esa noche estaba tan cansada que incluso dormirme parecía requerir demasiado de mí. Así que continué. Terminé toda la temporada, algo que no hacía, creo, desde mis años de soltera.
El penúltimo episodio hablaba de la Belle Époque en París. Los personajes comparaban esa época con su vida actual. Todos coincidían en que el pasado había sido mejor y que el presente se sentía más complejo, más pesado. Hasta que uno de ellos reflexiona que, tras haber tomado decisiones que cambiaron el curso de su vida, solía pensar que su pasado era mejor… pero que hoy, viviendo lo que vive, sabe que sus mejores días aún están por venir.
Esa reflexión caló hondo en mí. Tanto, que terminé la serie y aun así no podía dormir. Y no era casualidad: desde hacía un tiempo, mi mente rondaba constantemente el pasado. Cómo eran las cosas antes. Esa noche comencé a desglosar las “épocas” de mi vida. Reviví momentos, personas, circunstancias. Intenté valorar si la vida había sido más difícil antes o si lo era ahora. Sopesé mis miedos, mis incertidumbres y mis dudas de entonces con las de hoy.
Al final, llegué a una conclusión clara: la comodidad del pasado es, muchas veces, una ilusión reconfortante.
Podemos mirar atrás con gratitud y alegría, sí, pero eso no significa que haya sido mejor que lo que tenemos ahora o que lo que está por venir. Romantizar el pasado y desear regresar a ciertas épocas es natural, pero eso no quiere decir que no existieran retos, incomodidades y momentos de profunda insatisfacción. El pasado alberga nostalgia y belleza porque, sin él, no estaríamos donde estamos hoy.
París misma considera que su Belle Époque fue maravillosa —y lo fue— con grandes descubrimientos, avances tecnológicos y esplendor en la moda. Pero también fue una época marcada por pobreza extrema, hacinamiento y condiciones terribles de insalubridad. El pasado siempre tuvo luces… y sombras. Retos que solo pudieron superarse gracias a la perseverancia.
Como el personaje de la serie, llegué a una convicción serena y feliz: aunque a veces pensemos que todo tiempo pasado fue mejor, lo que estoy viviendo hoy también es mi Belle Époque.
Habrá retos, habrá dificultades, pero el futuro siempre guarda tesoros que aún no conocemos y que, estoy segura, serán maravillosos.
Porque nuestros mejores días no quedaron atrás.
Nuestros mejores días están en camino.
¡Feliz viernes! 😊




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