90 minutos, una apuesta y una lección de vida
- Nicole Vaquero

- hace 1 hora
- 4 Min. de lectura
La vida tiene una forma curiosa de enseñarnos a creer en nosotros mismos. A veces lo hace con un milagro. Otras veces, con una apuesta.
Desde hace semanas quería sentarme a escribir un mensaje que ha cambiado mi forma de pensar y de vivir. Más que un mensaje, es una lección sobre creer en lo que sos capaz de hacer y en quién sos. También es una reflexión sobre cómo la duda en uno mismo puede causar angustias y nervios, pero también comprometerte a hacer algo que no quisieras y luego tener que pagar las consecuencias.
Antes de contar esta lección, quiero pedirte algo como lector dispuesto a aprender. Imaginate alcanzando un escalón, ya sea profesional o personal. Un logro que para vos parece inalcanzable, pero que deseás con todo tu corazón. Alcanzarlo sería consagrarte en ese tema.
Si alguien te dijera que lo vas a lograr en cierta cantidad de días, ¿dudarías de tu capacidad y de la posibilidad de conseguirlo? ¿O estarías emocionado ante la posibilidad de que algo extraordinario esté a punto de pasar, porque decidiste confiar en vos mismo?
Con todo esto en mente, comienzo mi historia.
Hace unas semanas, en un período tenso para el mundo y sin duda también para mi vida, la fe y la oración han sido lo que me ha sostenido. Así que no fue poca cosa que, en pleno Miércoles de Ceniza, recibiéramos una respuesta de Dios más grande de lo que pudimos imaginar.
El fútbol llegó a mi vida de una manera bastante natural e inesperada. Desde entonces se volvió parte de mi mundo, aunque no necesariamente porque yo entienda cada regla del juego o porque me emocione cada partido. Pero sí porque detrás del fútbol existe un universo enorme de organización, logística y trabajo que he aprendido a ver de cerca.
Entre bromas y risas con amigos surgió una pregunta:
“¿Qué harías si te dieran la sede de la final de la Copa del Mundo?”
La respuesta fue una risa de incredulidad, casi de burla, porque para la persona a quien se lo preguntaban aquello era sencillamente imposible.
Las palabras que vinieron después fueron claras: “¡Nombre! Es imposible. No me van a dar la final del mundial. Están buscando personas que ya han trabajado en esos estadios. Yo nunca he estado ahí”. Fueron frases dichas con total seguridad, afirmaciones llenas de incredulidad.
Tanto fue así que alguien propuso una apuesta. Si le daban la sede de la final, esta persona tendría que raparse todo el pelo.
Y hay que decir algo importante. Esta persona tiene una cabellera abundante y un peinado que ha llevado por muchísimos años. No era una apuesta menor.
Durante las siguientes semanas hubo nervios, dudas y conjeturas. Por momentos parecía que ya se sabía cuál sería el lugar asignado, basándose en pistas y suposiciones. Sin embargo, la sede que albergaría la final del Mundial 2026 nunca fue una opción dentro del mar de posibilidades.
Hasta que, después de mucho suspenso, estrés y dudas, en pleno Miércoles de Ceniza llegó el bendito y esperado correo. La asignación fue recibida con muchísima alegría y gratitud, aunque también dejó a su receptor absolutamente estupefacto.
El correo confirmaba todo aquello de lo que había dudado. Con mucha claridad establecía que, después de tantas conjeturas, el lugar asignado era Nueva York, la ciudad que será testigo de la final del Mundial 2026.
La reacción fue inmediata. Apenas llegó el correo, la apuesta fue pagada sin demora. En cuestión de minutos, una cabellera que había acompañado años de historia desapareció frente a una máquina de rasurar.
A veces los milagros llegan… y vienen con cambio de look incluido.
La incredulidad, la falta de confianza en nuestras propias capacidades, puede cegarnos a los caminos maravillosos que tenemos frente a nosotros y que Dios tiene preparados para nuestra vida.
La duda que sembramos en nuestra mente puede llevarnos a cerrar las puertas de las posibilidades más grandes e increíbles.
Por eso es tan importante creer en nuestras propias capacidades, en el camino recorrido, en los logros y en las experiencias acumuladas a lo largo del tiempo.
No podemos demeritarnos dudando de nosotros mismos cuando, literalmente, hay un mundo confiando y admirando lo que hemos construido.
La lección es simple: tenés que creer en vos.
Tenés que saber que sos una persona que ha trabajado duro, con amor y con ahínco. Que ha entregado y sacrificado mucho por alcanzar una meta. Y que después de haber sembrado, también llega el momento de cosechar.
Pero si no creés en vos mismo y en lo que sos capaz de hacer, podés terminar pagando apuestas… y rapado.
Esta lección me enseñó muchísimo. Tanto, que unos días después me vi obligada a aplicarla a mi propia vida, sin poner en juego, claro está, el poco pelo que tengo.
Pero sí me sirvió para no dudar de quién soy, de lo que he trabajado a lo largo del tiempo, de lo que he sembrado y de lo que también puedo cosechar.
Esta persona me recordó algo muy importante: que todo es posible. Que los sueños y las metas se cumplen cuando trabajamos por ellos.
Y más importante aún, que Dios responde en el momento oportuno y cuando más cerca quiere tenernos de Él.
La vida tiene una manera curiosa de enseñarnos a creer en nosotros mismos.
A veces lo hace con una bendición.
A veces con un milagro.
Y otras veces… con noventa minutos en los que el mundo se detiene para ver un partido de fútbol. Y con una cabeza recién rapada que nos recuerda que nunca debimos haber dudado.
¡Feliz domingo! 😊





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